Voy a confesar algo absolutamente inefable, algo que no sólo aporta nada a mi inmadura personalidad, sino que alimenta el fuego de los que pretenden quemarme en la hoguera.
No me bajo pornografía infantil de internet, no quemo base de coca sin cortar, en una pipa de cristal, y aspiro hasta que mis pulsaciones se disparen ( o si ). No. Hago algo mucho peor.
Como soy adicta a lo inútil, me lo compro. Es sucio, es estúpido, pero es real. Y no soy la única.
Sí, es todo tan bochornosamente inmaduro... Pero la tranquila aceptación del sinsentido es la máxima expresión de madurez a la que puedo llegar. La asunción del monstruo. Soy adicta a comprar libros para apilarlos después y no concretar cuando o sí siquiera los leeré algún día . Pero como todas las adicciones, relaja, calma el espíritu. Me ayuda a pensar, me tranquiliza, es como...cuando estas insanamente tenso y te dedicas a patear todo lo rompible por tu cuarto hasta llegar al punto de éxtasis en el que saltas con los pies juntos y caes sobre tus rodillas tapando los ojos con las manos.
Cuando he recibido el paquete, me he quedado auténticamente colgada durante unos segundos disfrutando de una sensación primigenia, algo realmente excepcional, por lo que sería capaz de pagar una fortuna: la ilusión, un pequeño retazo de ilusión absurda, de emoción palpitante, de aquella sensación que se sentía al abrir un sobre sorpresa.Atrapar la ilusión, la emoción perdida. La infancia recuperada y amplificada. El triunfo de lo banal, que se descubre, con el tiempo, como el más profundo de los abismos.
¿No es asombroso y terrorífico que nos echemos piedras a nuestro propio tejado?
¿Es eso cierto? Creo que no. No ahora.
Hay veces que es difícil, o incluso imposible, no dejarse absorber por el aburrido y cansino malestar de la rutina, de la espiral bajón/subidón, esa incómoda sensación de agotamiento que te invade y te devora como un virus. En un rato se pasa. No tenemos derecho a agotarnos, a perder el control. Las cosas son como uno las ve. No hay cosas en sí, tan sólo apreciaciones. Fenómenos. Esto no minimiza el dolor, todo lo contrario, te responsabiliza de ello. Somos nosotros los responsables de la angustia, y ése es precisamente el máximo sufrimiento, saberse verdugo, no víctima, ser el encargado de su ejecución y administración. Debemos tener el valor para repartirla, dividirla, encauzarla, hacerla digerible, e incluso digestiva. La bilis como alimento, como pan de cada día. Hay que ser conscientes de que las cosas, eso áspero de ahí afuera, dependen de nuestra voluntad de representación, del motor interior que pone en funcionamiento la farsa. Motor inmóvil que genera realidad al observarla.